Las vacaciones fueron esperadas con deleite, llegaron, fueron disfrutadas con más deleite todavía (¡vaya vacaciones de escándalo que me he pegado, señores!) y finalmente pasaron, no sin haberme transformado, como todo ha de pasar y quedar…
Y mientras todo pasa y todo queda nosotros sigamos a lo nuestro, queridos amigos, que es aquello de hacer caminos, como ya sabía el señor Antonio… Yo por mi parte ya estoy aquí, como diría el señor Josep, inmersa en la ciudad y en las mil cosas del día a día, con la voluntad renovada de mejorar y poner orden en algunas rutinas.
Un ejemplo de esto sería cambiar el hábito recurrente de ir corriendo a todas partes aun teniendo tiempo de sobras para llegar tranquilamente. ¿Y qué comporta este hábito fuera de toda explicación? Venid, venid conmigo, salgamos de casa, digamos, para ir a trabajar con el tiempo justo. ¿Qué pasa?
Salimos corriendo, atolondrados, dejándonos cosas (llaves, documentos, la cabeza no porque la llevamos puesta) y sin tiempo para comer. No excluimos la posibilidad de tener que desandar los pasos a medio camino del metro, ahora sí, corriendo de verdad.
Sea como fuere, llegaremos tarde al trabajo si el metro se retrasa siquiera cinco minutos. ¡Alakazum!: nos hemos convertido en el conejo de Alicia en el País de las Maravillas, mirando el reloj con gravedad y corriendo de un lado para otro absurdamente, sin la ventaja de ser suaves y mullidos.
Lo más gracioso de todo es que nos encanta tener tiempo de sobras para recrearnos y hacer las cosas con calma… ¿Entonces por qué nos estamos tratando así? ¿Por qué no respetamos nuestras necesidades y preferencias? ¿No estaremos abusando de nosotros mismos porque hay confianza, y ya se sabe lo que pasa donde hay confianza?
Igual no hemos planificado bien el tiempo, o no lo hemos aprovechado, eso tanto da. La cosa es que no nos estamos cuidando como merecemos, y eso, además de ir corriendo y el posible pollo que nos caerá etc. etc. etc., nos hace enfadarnos con nosotros mismos como monas.
En este estado de monas-conejo aprovechamos para arrollar a cualquier peatón que tenga menos prisa que nosotros y ose ponerse en nuestro camino. Por la gracia divina (que no la nuestra, porque ahora mismo tenemos de todo menos gracia) llegamos al trabajo puntuales. Estresados, hambrientos, de mal humor, pero puntuales.
Y de repente toda la carrera nos parece una auténtica chorrada y la mala leche perdura un ratito más, si es que no se reproduce y perpetúa con la mala leche de los demás, ya que de todos es sabido que la mala leche siempre busca, compara ¡y encuentra! compañía.
¿Era necesario todo esto?, invariablemente nos preguntaremos.
¿Y por qué nos hemos enfadado (y enganchado como lapas a ese enfado)?
Muy fácil: nuestros Unihipilis se han indignado con la falta de respeto que han mostrado hacia ellos nuestros Uhanes, y nuestros Uhanes se sienten decepcionados consigo mismos y, de rebote, con nuestros Unihipilis. ¡Así nos va! Es momento para un poco de Ho’oponopono.
¿Unihiqué? ¡¿Ho’oponocualo?! Uf, es una larga historia… que como era de esperar simplificaré, y lo haré diciendo que se trata de una práctica de sanación basada en la filosofía Huna, que a su vez se basa en las prácticas tradicionales de los maestros espirituales hawaianos. Como véis Hawai mola por muchos motivos.
Sería muy largo de explicar en qué consiste esta práctica, por lo que he dividido este artículo en tres partes, de la misma manera que Huna divide el ser humano en tres Yos que interactúan entre ellos para funcionar en el mundo.
En la próxima entrega hablaremos de esto y de cómo Ho’oponopono ayuda a aceptar nuestra responsabilidad sobre nuestras circunstancias de vida, devolviéndonos el poder de crearla para nuestro mayor bien, retornándonos al centro de ella en vez de quedar tras ella, persiguiéndola siempre sin alcanzarla y, para qué nos vamos a engañar, con más bien poco garbo y salero.
¡Hacedme el favor de salir con tiempo de casa hoy!
SHARE